Rompiendo con lo que la gente suele pensar de una informática, nunca me ha gustado demasiado la ciencia ficción o la novela fantástica (salvo honrosas excepciones como 1984[1]), yo he sido siempre más de literatura “seria”[2].

Sin embargo, hace algo más de un año descubrí un libro en mi casa (La luz Fantástica de Terry Pratchett) y, como era verano y estaba aburrida, empecé a leermelo, a pesar de no estar demasiado convencida. Craso Error, el libro es genial: divertido, ácido, irónico y tropecientos mil adjetivos de los buenos más. 

La cosa quedó así, hasta que descubrí que el libro que había leído no era una obra aislada, sino que se encuadraba dentro de una serie de libros cuyo punto en común es que se desarrollan en el Mundo Disco.

Supongo que a estas alturas te estarás preguntando qué cojones es eso del Mundo Disco…

Bien, se trata de un disco de roca, que se soporta sobre cuatro elefantes, que se apoyan sobre una tortuga descomunal que vaga por el espacio. Ahí es nada.

Además, este mundo está impreganado de un fuerte campo mágico (como un campo mágnetico, pero con partículas de magia en lugar de fotones). La presencia de esta campo hace que en el planeta convivan cientos de seres mágicos (magos, dragones, hadas, enanos, vampiros, hombre lobo, trolls, etc.).

Sin embargo, la magia de los libros del mundo disco no está en la cantidad de seres fantásticos que lo habitan o en lo estrafalario de su geología. No, lo que hace que estos libros sean fascinantes y maldigas el momento en el que llegas a la última página es cómo están escritos: el sentido del humor y la ironía del bueno de Terry hacen de cada minuto de lectura un auténtico placer.

Para que sepáis de lo que estoy hablando, os dejo el comienzo del primer capítulo del primer libro de la saga, El color de la Magia:

En un lejano juego de dimensiones de segunda mano, en un plano astral ligeramente combado, las ondulantes nieblas estelares fluctúan y se separan. 

Vamos…

La Gran Tortuga A’Tuin se acerca, nadando lentamente por el golfo interestelar, con los pesado miembros llenos de hidrógeno congelado, la enorme y viejísima concha llena de cráteres de meteoros. Con unos ojos del tamaño de mares, encostrados de lágrimas reumáticas y polvo de asteroides, Él contempla fijamente el Destino.

En una mente más grande que una ciudad, con lentitud geológica. Él piensa sólo en el Peso.

Por supuesto, la mayor parte del peso se deba a Berirlia, Tubul, Gran T’Phon y Jerakeen, los cuatro elefantes sobre cuyos lomos y amplios hombros bronceados descansa el disco del mundo, enguirnaldado por una enorme catarata a lo largo de toda su circunferencia, y cubierto por la bóveda azul pálido del cielo.


 

 

 

[1] De todas formas a mí no me gusta encuadrar 1984 (u otras novelas como Farenheit 451 o Un Mundo Feliz) como ciencia ficción, más bien como una distopía.

[2] No he encontrado una mejor forma de descirbirlo, me refiero a libros que suelen ser clasificados como clásicos y que suelen aparcer en los libros de literatura. Que nadie se me ofenda, que no estoy restando ningún valor a las obras de Asimov, Clark o Bradbury, sólo digo que no son “mi tipo”.